Prólogo de las grandes peregrinaciones europeas y, a la vez, un camino con identidad propia, no una meta lejana que alcanzar, sino un punto de partida. Dos itinerarios convergen en la ciudad, desde Mentón a lo largo de la Riviera di Ponente, y desde Lucca por el Levante, para encontrarse en Génova, asomada al mar, donde uno se detiene, respira y decide si proseguir por la Vía.
Caminar es un gesto antiguo, no exige pertenencia, sino solo atarse los zapatos y dar el primer paso. Uno deja ir lo superfluo, las imposiciones sociales, los roles, las máscaras de cada día. Mientras la mente se serena, la mochila poco a poco se vuelve más ligera. Se vuelve a partir con lo esencial. Génova se convierte así en destino y nuevo comienzo. Es el lugar al que se llega y en el que uno se vuelve Peregrino, dispuesto a retomar su propio recorrido hacia otras grandes metas.
No solo con los pies
La Via di Giovanni Battista no se recorre solo con los pies, sino con los ojos y con el espíritu, a lo largo de una de las costas más bellas del Mediterráneo: el mar abierto del Poniente, la luz sobre los olivos del interior, los senderos que caen a pico sobre el mar del Levante, los pueblos de las Cinque Terre. Es un camino para quien busca el tiempo de volver a estar consigo mismo, pero también para quien desea el encuentro con otros caminantes y con la naturaleza. A su umbral se llega por fe o por belleza, y a cada uno la Vía ofrece el mismo primer paso.
Una voz, un comienzo
El camino toma su nombre de una figura universal, arquetipo del umbral. Juan Bautista es el hombre que anuncia un comienzo: la tradición lo cuenta como la voz que clama en el desierto «preparad el Camino». No aquel al que llegar, sino aquel que abre el camino a lo que viene. No meta, sino dirección.
Es el hombre del desierto, de lo esencial, del silencio que hoy volvemos a buscar lejos del ruido; y es el hombre del agua, del gesto que lava y permite volver a empezar. Por eso el lema del Camino es «Siente el Camino»: no solo mirar, no solo escuchar, sino sentir íntimamente la dirección del primer paso. Quien no cree puede leer en él un recorrido de regeneración personal; quien cree encuentra en él su propia llamada. La Vía acoge ambas lecturas sin pedir cuentas de ellas. Una Voz que no llama hacia sí, sino que invita a ir más allá, exhortando a buscar algo más grande.
Génova es el punto de encuentro de los dos grandes ejes de la peregrinación europea, entre Santiago y Roma. Su Catedral custodia desde hace más de nueve siglos las cenizas atribuidas a Juan Bautista, llegadas a Génova el 6 de mayo de 1099 al regreso de la primera cruzada. Según la tradición, habían sido salvadas siglos antes por un monje, tras la profanación del sepulcro, y custodiadas en Mira hasta su traslado a Liguria: los genoveses fueron sus custodios, para que el culto del Precursor pudiera florecer de nuevo en Occidente. Es un patrimonio histórico y civil, antes incluso que espiritual, que hace de la ciudad una meta y un nuevo comienzo natural de peregrinación.